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|a Permitir el exilio es consentir la expulsión del vientre y descubrir como la vida y la muerte nos devuelven a EL REMOTO PAIS IMPOSIBLE, aquel que dejamos, pero que no olvidamos, aquel que amamos y odiamos. Las contradicciones nos permiten descubrir los hilos de nuestras historias y aunque breves como los versos de este libro, tienen la fragilidad justa de la forma, el tono armónico que nos estimula a detenernos en el individuo expatriado de sus lazos humanos, semejante a un animal que debe luchar en la selva para rehacer su propia utopía, un animal que rugue y rasguña la tierra, el vientre, el poema. /Venga la noche/Venga la madre y lance su carnada/al remoto país imposible, porque la madre expulsa al hijo como el país exilia al habitante, ese que reflexiona, que extraña su patria y que tiene la esperanza de ser mejor que todos por el solo acto de emigrar /Cuando volé/ me dije:/Me voy de acá/de este lugar/Soy mejor que todos ellos/Soy libre. Como si la libertad estuviera siempre lejana, luego el hablante urde la tierra diciendo /Yo no tengo/ ni tierra ni heredad/ yo no tengo/tierra donde caerme muerta. Entonces siente que no tiene nada que perder y viaja a reencontrarse con sus propias creaciones. Cuba, la madre, el exilio son los recurrentes símbolos que la hablante contiene, destierra y abre desde el cuerpo, un cuerpo que sufre una metamorfosis permanente, un cuerpo que se habita incómodo, un cuerpo que necesita reencontrarse y reconciliarse con un pasado. Me pregunto hasta dónde puede llegar el ser humano en busca de sus propios mundos, la valentía poética de estos versos reflejan al hablante dispuesto a desterrar a sus amores al punto de arrancarse la piel y empezar de nuevo a ser el protagonista que se reconoce fuera del país, que respira imperiosamente otras miradas, y que camina hacia la muerte interna y externa del cuerpo.
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